Ni libros vencedores ni libros vencidos
Por Jorge Franganillo6 October 2008
Aún resuenan las voces apocalípticas que presagian la muerte del libro impreso como consecuencia de la irrupción del libro digital. Son voces similares a las que equivocaron el vaticinio cuando afirmaron que el teatro sucumbiría ante la invasión del cine, o la radio por culpa de la televisión. El debate sobre las sombras que al libro impreso le arroja el digital es una cuestión recurrente y bizantina, porque ni son nuevos los negros presagios ni se fundamentan en razones sólidas.
Efectivamente, ya a finales del siglo XIX, un grupo de escritores vaticinó que el libro caería en desuso al haber llegado a manos de todo el mundo (Juhel, 2003), y el éxito de la televisión, medio siglo después, fundamentó las apocalípticas previsiones de McLuhan (1962), que anticipó el fin de la imprenta. El miedo a la muerte del libro impreso no es entonces un fenómeno nuevo. Más brotes de este temor aparecieron a finales del siglo XX, cuando ciertos autores recordaron, especialmente a través de Steiner (1988), que el libro es un fenómeno históricamente frágil, condenado a convertirse en un objeto de lujo o de anticuario.
En estos tiempos de crisis, la supuesta muerte del libro es una discusión bizantina que intenta explicar la inquietud que procede de tres fuentes: la crisis de la cultura, la crisis de la lectura y la crisis económica del libro (Melot, 2007). Sobre ellas el libro digital no tiene responsabilidad alguna, pero adquiere un protagonismo injustificado cuando ciertos medios de comunicación pretenden presentarlo como el artilugio que desbancará al libro tradicional; es ésta la razón que más hace especular sobre el futuro supuestamente incierto del libro de papel. Pero tanto uno como otro presentan ventajas y desventajas en igual número y magnitud (Codina, 2000), lo que permite presuponer que no habrá vencedores ni vencidos sino una enriquecedora convivencia.
La informática y las telecomunicaciones cuestionan la modernidad del libro, su capacidad de seguir siendo actual. Y responda cualquier persona que se considere lectora, que sin reparos reconocerá que la experiencia de tener un libro de Marcel Proust en las manos, la experiencia de abrirlo y de hojearlo, la experiencia de leerlo a la sombra de una arboleda queda más allá de todo artilugio tecnológico. El placer de leer un clásico de la literatura universal en una edición cuidadosa no puede compararse con la lectura en pantalla, ni huele la pantalla como huelen las páginas amarillentas de aquel libro de bolsillo que supo establecer un paralelismo inolvidable entre la vida del protagonista y la vida del lector.
El libro digital no pretende competir a este nivel. Porque lo suyo es diferente: ofrece nuevas posibilidades para acceder al contenido, y el lector puede entonces escoger entre un formato y el otro según la necesidad del momento. El libro impreso se complementa con las posibilidades del libro digital, que puede transmitir su contenido a distancia y de inmediato, y permite acceder a unos contenidos distantes con igual inmediatez, entre otras posibilidades.
Las ventajas de la información digital, por ejemplo, hacen que los textos legales ya se publiquen mayoritariamente en soporte digital. Aun así, los bufetes de abogados lucen estanterías llenas de repertorios jurídicos en papel, libros con encuadernación en cuero y letras doradas estampadas en el lomo. Son el mismo tipo de libros que adornan la puesta en escena de ciertos mensajes gubernamentales. Tal como señala Millán (2007), no son libros destinados a ser consultados, sino objetos que emiten un mensaje: están allí por el prestigio que confieren, porque el cuero y el oro tienen un encanto inexcusable. Y están allí a pesar de que cualquier obra de consulta haría mejor servicio en soporte electrónico.
Con la convicción comúnmente aceptada de que lo digital suele ser más eficaz, algunos entornos a distancia ofrecen sus productos y servicios sólo en soporte digital. Es el caso de algunas universidades virtuales, que ofrecen el material didáctico en soporte digital. Para consultarlo, los estudiantes deben navegar en una estructura hipertextual que los autores han previsto, y encuentran un contenido concreto a partir de palabras clave. Sin embargo, aun con estas facilidades, no siempre perciben que el soporte sea realmente interactivo pues echan de menos la interactividad más necesaria en el estudio: la posibilidad de subrayar fragmentos, marcar páginas, añadir anotaciones. Esta circunstancia, unida a las cualidades ergonómicas del papel, explica que el alumnado a menudo acabe imprimiendo el material didáctico (Solabarrieta y Auzmendi, 2008).
Pese a que presenta ciertas ventajas que lo hacen más eficaz que el papel para cubrir determinadas necesidades, el soporte digital tiene también sus limitaciones: es un medio frágil, es caro, resulta incómodo de manejar —poco ergonómico, se diría— y opera sobre una torre de Babel de incompatibilidades entre formatos y plataformas (Coyle, 2003). Por este último motivo el formato digital es más propenso a quedar obsoleto que el papel, que ha demostrado centenaria vitalidad, aunque algunas voces persisten en tacharlo de caduco.
El papel continúa presentando sus contenidos de un modo más eficaz que los medios electrónicos, porque el libro impreso es una interfaz perfecta que ha sido sometida a una depuración de más de cinco siglos durante los cuales se han perfeccionado sus mecanismos textuales. Estamos acostumbrados a abrir las páginas de un libro sin pensar que es un objeto universal, de larga y fecunda trayectoria.
En cambio, si tomamos un lector de libros digitales, nos encontramos como en aquella escena cómica que popularizara YouTube: un monje acepta el libro, se tiene que adaptar a él porque es la última tecnología del momento, pero no le entiende la mecánica, teme que el texto se pierda, se siente más a gusto con el caduco pergamino. Las empresas que fabrican los lectores de libros digitales continúan esforzándose para hacer más cómodas las interfaces, y nosotros recién estamos aprendiendo a manejarnos con ellas.
De hecho, hoy por hoy, el lector de libros digitales es un ejemplo de mala interfaz: prestamos más atención al contenedor —el medio, el aparato— que al contenido. Talmente como en las primeras proyecciones cinematográficas: cuando los hermanos Lumière estrenaron su primera película, el público casi estaba más atento al proyector que a la pantalla.
Entonces, ni libros vencedores ni libros vencidos, sino una sana convivencia: el libro físico no desaparecerá y el libro digital ocupará un espacio paralelo. El papel continuará siendo un soporte mejor para resolver determinadas tareas, por tanto es razonable pensar que seguiremos usándolo. Y la industria editorial de avanzada ya anticipa una entrada lenta, pero segura, de la otra forma de leer, la digital (Arce y Hevia, 2008), aunque se reserva la opinión sobre cómo será la entrada del libro digital en el mercado editorial.
Los editores coinciden en esta perspectiva de libros en convivencia de formatos, y aseguran que la actual generación de libreros podrá jubilarse con tranquilidad (Hevia, 2008). Como amenaza, más preocupante que el libro digital es la sobreoferta editorial: este sector es una industria que busca maximizar sus ganancias pero se enfrenta a un problema crónico de agotamiento de los consumidores, que son un universo limitado. Por lo tanto, aventurar amenazas contra el libro impreso es una falsa mirada porque la existencia del libro, en todo caso, se ve más amenazada por la sobreproducción de títulos que por los adelantos tecnológicos (Ollé-Laprune, 2001).
En la industria también discuten sobre cuál será el rol del editor en este nuevo contexto. Internet permite publicar sin intermediarios, especialmente a través de la impresión digital, una industria que en España tiene una presencia marginal, pero creciente, en lugares como Lulu.com y Bubok.com.
Esta facilidad para editar obliga a preguntar si no desaparecerá el papel del editor. Pero los editores son un agente necesario en la cadena editorial porque representan una garantía de calidad. Además de ejercer de filtro para rechazar lo que carece de valor suficiente, los editores ayudan a los autores a mejorar sus obras y a darles visibilidad una vez publicadas.
Más allá de cómo evolucionen los soportes, lo más importante es la lectura. Los nuevos formatos no deben desbancar a los formatos anteriores, sino que deben complementarlos para conseguir que el libro sea más accesible, que esté al alcance de más personas. Para que al libro pueda acceder quien antes no podía hacerlo. Y en este sentido, internet y el soporte digital multiplican las posibilidades de acceso al libro como vehículo de cultura, pues permiten acceder a un documento remoto si ese texto ha sido puesto en internet, ya sea en una colección digital o en una librería virtual.
Bibliografía:
Arce, Begoña; Hevia, Elena. “El libro electrónico llega a Europa”. El Periódico de Catalunya, 1 de octubre de 2008, p. 60.
Codina, Lluís. El libro digital y la www. Madrid: Tauro, 2000.
Coyle, Karen. “E-books: It’s about evolution not revolution”. En: Library Journal, v. 20, n. 1, 2003. Consultado en: 6-11-2008.
http://libraryjournal.com/article/CA323334.html
Hevia, Elena. “La tormenta que vendrá”. El Periódico de Catalunya, 1 de octubre de 2008, p. 61.
Juhel, Pierre. “Octave Uzanne: sa revue L’Art et l’idée en 1892″. En: Bulletin de la Société de l’Histoire de l’Art français, 2003, p. 329-356.
McLuhan, Marshall. La galaxia Gutenberg (1972). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1998.
Melot, Michel. “¿Y cómo va la ‘muerte del libro’?”. En: Istor: revista de historia internacional, 2007, n. 31, p. 7-26. Consultado en: 2-11-2008.
http://www.istor.cide.edu/archivos/num_31/dossier1.pdf
Millán, José Antonio. “El libro como prestigio”. El futuro del libro, 14 de octubre de 2007. Consultado en: 6-11-2008.
http://jamillan.com/librosybitios/blog/2007/10/el-libro-como-prestigio.htm
Ollé-Laprune, Philippe. El libro y las nuevas tecnologías. México: Ediciones del Ermitaño, 2001.
Solabarrieta, Josu; Auzmendi, Elena. “Ventajas e inconvenientes de la educación a distancia a través de Internet”. En: Congreso Internacional sobre Retos de la Alfabetización tecnológica en un mundo en red. Cáceres, 2000.
Steiner, Georges. “The end of bookishness”. Times literary supplement, 8-14 de julio de 1988, p. 754.
Jorge Franganillo
Miembro del Grupo ThinkEPI
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