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El libro como excepción

Por Luis-Javier Martínez
9 November 2009

LO EXCEPCIONAL

Francia, que fue posiblemente el eje de la Modernidad desde Descartes a las Vanguardias, pasando por su histórica Revolución, representa ahora una cierta “excepción” occidental a la globalidad angloamericana en idioma, cultura, política… Y Francia ha inventado (creo), para el caso, la notable idea de “excepción cultural”, una aportación ya bastante considerable por sí misma, sin duda, a la cultura contemporánea.

El concepto de “excepción”, que inevitablemente evoca el estado de excepción y que no hay regla sin excepción, es una categoría extraordinaria y muy útil. Creo que sirve para interpretar y caracterizar no sólo a Francia y al francés en el seno de la universalidad googleleana, sino también, por ejemplo, para entender el puesto del libro como artilugio singular dentro del actual nivel de desarrollo de la “continuidad informacional”.

La excepción representa mucho más que la diversidad dentro de la armonía, o que el espejo roto en 100 del multiculturalismo.

La excepción remite a la objeción de conciencia y a la deliberada autoafirmación de los heterodoxos. No siempre, por supuesto, lo excepcional es cualitativamente valioso, ni mucho menos, pero sí convencidamente diferente. En bastantes ocasiones, incluso, resulta resistente, reactivo o hasta reaccionario, expresión de privilegios y elitismo.

En todo caso, lo excepcional parece extraño, como lo es el propio hecho de que determinados tipos de creaciones o producciones intelectuales se sustraigan a las universales y globales reglas del mercado bajo la etiqueta de “excepción cultural”.

EL LIBRO

Cualesquiera que sean sus cifras de negocio o su fecha de caducidad, que tal vez no tenga, el libro está de hecho perdiendo relevancia como paradigma informativo, como soporte de referencia en la transmisión cultural y como agente modelador del conocimiento y de la educación. Registro largo y lento, rígido y permanente, es información demasiado explícita y formal, algo como congelado en el fluir de los bitios; algo perteneciente a la ya superada modernidad sólida.

El libro queda al margen de las impetuosas y líquidas dinámicas informativas digitales que dan forma al presente y ordenan la vida, el ocio, el pensamiento o la formación de los homo sapiens, mostrándose más bien como un recurso de comunicación “especial”.

Los tráficos y los procesos masivos de información que se producen a través de sistemas cognitivos naturales o artificiales se sirven ahora del libro sólo de manera secundaria. Vemos que ni siquiera en la enseñanza ocupa ya el eje, ni aun con su envoltura “textil”. Superado el deslumbramiento infantil por la literatura de esa edad, muchos jóvenes perciben el libro como un artefacto de conocimiento decididamente exótico.

Y entonces, a medida que desaparece como norma, como regla, podríamos decir que emerge “el libro como excepción”: como una vía peculiar, crecientemente extravagante, de información cosificada, empaquetada y paralelepípeda.

Bien sabemos que la industria de los contenedores va por delante de la de los contenidos, que marca el ritmo y prevalece. Por eso, nuevos y diversos dispositivos, rivales entre sí, los reproductores digitales, absorberán textos alternativamente disponibles como libros. Asimismo, muchos contenidos buscarán difundirse a la vez como e-book y como libro, intentando la diversificación, buscando no perder un medio de proliferación y un canal de negocio.

En paralelo a campañas publicitarias más o menos virales, tienen lugar estudios y discusiones sobre los formatos y compatibilidades, los derechos morales y materiales, el impacto en diferentes sectores o los potenciales beneficios sociales del e-book1. Pero lo que me interesa aquí es tan sólo que su nuevo título de “excepcional”, casi de marginal, altera los valores del libro tradicional, las razones por las que parece merecer la pena a quienes lo utilizan, más allá de la ergonomía comparada.

LOS VALORES

Mucha información circula o circulará por vías distintas al libro, y alguna practicará la doble militancia. Sin embargo, para aquellos lectores que lo busquen deliberadamente o para aquellos autores y editores que defiendan o prefieran el libro, éste asume nuevos valores o funciones.

Para empezar, porta la información más adecuada al formato, aquel contenido que demanda una forma concreta; para esos usuarios del libro, la adaptación entre el medio y el mensaje mejora, la especificidad del instrumento aumenta.

Desde la perspectiva del conocimiento social y la cultura dominante, el libro queda al margen de los patrones estándar de interacción y comunicación informativa, basados en un ya nutrido repertorio de grabadores, reproductores, comunicadores y canales digitales con diferente propósito y capacidad. Se coloca así como un valor “alternativo”, disonante; algo excepcional, como digo, más allá del mero pluralismo.

Mediante los dispositivos digitales la información conecta a los individuos entre sí y con las memorias comunes de conocimiento de la especie, de las que aquéllos dependen; su vinculación como nodos a la inteligencia colectiva se produce en línea, en tiempo real, al hilo de la actualidad.

La información que utiliza al libro como soporte tiende, por el contrario, a interiorizarse de manera peculiar en los individuos que la decodifican, formando pausadas, densas, dispersas, desconectadas reservas de conocimiento, islas independientes, algo poco reticular, poco interactivo.

La comunicación mediante el libro se vuelve también más intencionada, sobre todo si autor o lector escogen este canal de modo consciente, voluntario y reflexivo. Esto favorece asimismo la complicidad entre ambos. Los lectores de esta particular y pesada materia cifrada son usuarios adrede, insólitamente adaptados al valor de la lentitud.

En no pocos casos, el formato de libro adquiere incluso un evidente carácter de fetiche, de objeto sagrado o agente provocador de pulsiones casi secretas, poco confesables o justificables en público. Los lectores obcecados de libros, sospechosos además de arboricidio (“El Amazonas respira aliviado con el e-book” ha titulado un periódico hace poco), se colocan a propósito del otro lado de la barricada, emboscados e irredentos tras otra “brecha digital”.

De hecho, al perder el vigor de la universalidad, el libro circula entre iniciados y convencidos, quienes, con independencia de su número, se constituyen como una minoría.

El libro, en cuanto mero soporte, queda fuera de la regla. Como un elemento excepcional y hasta esotérico, adquiere significación propia, se convierte en “signo”. Asume un redoblado valor “cultural”, un valor etnográfico.

Notas:

1. Así, hace poco más de un año, El Profesional de la Información dedicó monográficamente a este tema un número que contiene artículos muy interesantes y variados (vol 17, nº 4, julio agosto 2008).

Luis-Javier Martínez
Miembro del Grupo ThinkEPI





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