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¿Es Google una amenaza para la diversidad cultural?

Por Ernest Abadal y Lluís Codina
23 January 2006

Que la información y la cultura no son un producto comercial como cualquier otro es algo bien sabido. La difusión masiva y en una sola dirección de información y cultura provoca colonización y homogeneización culturales. Esta constatación ha generado, al menos, un par de polémicas internacionales de gran dimensión y profundo calado que están lejos de haber sido resueltas: nos referimos por un lado, a la discusión sobre el nuevo orden mundial de la información y la comunicación (NOMIC) -que provocó, entre otras cosas, la salida de los EUA de la UNESCO- y, por otro lado, la defensa por parte de algunos países europeos de la excepción cultural.

Las discusiones sobre el NOMIC arrancaron a finales de 1970 y recogían las inquietudes de determinados países que, dado el sistema imperante de producción de noticias periodísticas y de otros tipos en aquel momento, nunca eran difusores de noticias. Lo que pretendían era no ser engullidos por el flujo procedente únicamente de los países anglosajones, y de los EUA más concretamente (con sus CNN y las grandes agencias de noticias a la cabeza). Los debates se llevaron a cabo en el marco de la UNESCO y, por desgracia, acabaron en agua de borrajas ya que no hubo acuerdo entre los países para aplicar las recomendaciones del informe MacBride (financiar una agencia de noticias internacional, etc.). La reciente creación de algunos medios de comunicación avalados y financiados directamente por los gobiernos (Al Jezira y otras cadenas árabes son un buen ejemplo) mostrarían que los motivos que impulsaron los debates aún siguen vigentes.

La excepción cultural, por su parte, fue un término afortunado acuñado por los franceses en medio de las discusiones sobre la liberalización del comercio mundial en las rondas de negociaciones del GATT, actualmente OMC (Organización Mundial del Comercio), a fin de preservar los productos audiovisuales (cine y televisión) de unas discusiones exclusivamente economicistas. En virtud de este principio, en Europa se han promulgado diversas iniciativas legales, como la directiva sobre el audiovisual, que persiguen defender el cine y la televisión europeos de la competencia “laminadora” del gigante estadounidense.

Parecía que esta polémica aún no había llegado al web pero el reciente anuncio de la creación de Quaero (preguntar, en latín), un futuro buscador europeo que pueda competir con Google y que, eventualmente, priorice (o impida que queden relegados) los contenidos del viejo continente ha vuelto a poner en primer plano el anterior debate, aunque ahora ya no haga referencia ni a los medios de comunicación ni al audiovisual, sino que se haya trasladado al terreno de la metainformación sobre los recursos web, o sea al ámbito de los motores de búsqueda.

Aunque comprendamos (y compartamos) buena parte de las inquietudes que han llevado a desarrollar medidas (tildadas a veces de proteccionistas) en el ámbito del audiovisual, lo cierto es que en el caso de los recursos web cuesta entender la racionalidad de las motivaciones que llevaron al presidente Chirac a anunciar en junio de 2005 la creación de Quaero. En este caso, al menos en nuestra opinión, la posible amenaza cultural de Google se parece poco a las discusiones antes señaladas. ¿Por qué? El buscador de Google es una tecnología que rastrea contenidos de todos los países y que los presenta ordenados según un cálculo de relevancia (el famoso algoritmo de Google, basado en el análisis de enlaces) que se aplica sin intervención de juicios (o de prejuicios) humanos. Aquí no hay limitaciones sobre la cantidad de contenidos a buscar, ni canales de información a saturar, ni tampoco existe una forma especial de presentarlos o de explicarlos, como es el caso de las informaciones de los medios de comunicación o de los productos audiovisuales.

En este sentido, hay que destacar que con el uso de motores de búsqueda de una mínima solvencia, no se produce de forma intrínseca una exclusión de contenidos ya que los motores se limitan a indizar, es decir, a volcar en un índice (y a generar metadatos) de forma automática los documentos publicados en la web, con lo cual los usuarios de cualquier rincón del mundo pueden encontrar recursos de su entorno cultural más próximo con el simple uso del idioma propio: una búsqueda en francés, por supuesto privilegia a los contenidos franceses, se haga desde Google o desde Kartoo (y probablemente, hoy por hoy, es mejor hacerla desde Google.fr).

Desde posturas del tipo de las teorías conspirativas siempre puede haber objeciones a las características del algoritmo de ordenación de resultados (ranking) ya que se pueden generar dudas sobre la neutralidad del algoritmo de Google, en especial en la versión internacional que tiende a priorizar los resultados de inglés. Pero sucede que en la versión internacional el idioma de trabajo es el inglés, por lo que se considera que es el idioma del usuario que utiliza esta versión, de la misma forma que Google, en cambio, prioriza el francés en Google.fr o el español para la versión hispánica. Habrá que admitir que, de existir algún tipo de sesgo, lo cierto es que en poco se parecería al tipo de desequilibrio que se produce en los flujos culturales del ámbito audiovisual.

Lo anterior no impide que, en esta discusión convenga hacer una salvedad con algunos productos de Google, como puede ser Google.Books (antes GooglePrint), que sí que tratan directamente con contenidos (no metadatos o índices invertidos) y que pueden conllevar un desequilibrio cultural. En el caso de Google.Books (books.google.es), sin ir más lejos, la colección se está formando fundamentalmente a partir de acuerdos con editores y bibliotecas norteamericanos, aunque no faltan convenios con editores europeos, como se puede comprobar si se hacen búsquedas usando lenguas distintas del inglés. En este caso, la Unión Europea planteó un proyecto de digitalización de fondos europeos para asegurar una presencia relevante de los contenidos culturales del viejo continente que parece no solo acertada sino extremadamente necesaria.

Así pues, y como conclusión, nos parece que los motivos que han empujado a la iniciativa de Quaero no están suficientemente fundamentados. Por otro lado, también dudamos de cuál va a ser el uso e impacto de este nuevo buscador, máxime cuando Google ha sabido adaptarse muy bien a los distintos mercados estatales y lingüísticos y parece, además, que no tiene restricciones importantes para la inclusión de todo tipo de recursos web.

¿Supone esto que nos oponemos a Quaero? Por supuesto que no: deseamos que pueda ser un gran éxito y que signifique lo más pronto posible una gran competencia para Google. Lo que nos parece erróneo y sinsentido es justificar su creación en una supuesta amenaza de Google a la diversidad cultural. Además, en este momento, no podemos evitar recordar la historia de AlltheWeb, el único motor de búsqueda que estuvo a punto de derrotar la supremacía de Google, dada su enorme eficiencia y su potente sistema de consulta y que fue desarrollado en un país europeo (Noruega). Lo triste de la historia es que AlltheWeb fue comprado por Yahoo hace unos dos años. Para decirlo de forma más simple y clara: el Google europeo ya lo teníamos, pero nuestros estrategas lo dejaron escapar.

[Este texto amplía y precisa las opiniones aparecidas por uno de los autores en el reportaje “Europa desafía el poder de Google” publicado en El País del 15/01/2006].

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